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Cultura

Rafael Torres dice que “la cultura construye nuestra arquitectura sináptica”. Desde que nacemos, la cultura en la que crecemos y la educación que recibimos influyen fuertemente en nuestras creencias y en la forma en la que pensamos o reaccionamos ante las diversas situaciones. Por lo tanto, la familia y la sociedad juegan un papel crucial en el dolor y la discapacidad.

Por ejemplo piensa en las tribus indígenas, las cuales se “mutilan” voluntariamente como parte de rituales culturales… ¿Crees que en esta situación el dolor se percibe de la misma forma que si nos los hiciera a uno de nosotros? (por supuesto contra nuestra voluntad).

O los tatuajes… las máquinas de tatuajes pueden clavar más de 9 agujas de forma simultánea. Además, los pinchazos superficiales que producen estas agujas activan las fibras “alfa”, las cuales pueden generar “el dolor” más rápido y agudo que existe, ya que tiene como objetivo la respuesta más instintiva ante una agresión inminente: la huida. Sin embargo, no sólo nos tatuamos voluntariamente, sino que muchos afirman no sentir ningún dolor, e incluso muchos de ellos con pánico a las agujas… ¿Por qué ocurre esto? Básicamente porque el dolor tiene un significado, y cuando carece de él, se acompaña de un sufrimiento (incertidumbre, miedo…) y esto provoca que lo percibimos como desagradable o amenazante.

Pero la influencia cultural no se limita a cómo vivimos la experiencia dolorosa según el significado que le damos en ese momento, sino que puede condicionar nuestra forma de responder a determinados estímulos durante toda nuestra vida.

¿Te has preguntado alguna vez por qué problemas de dolor crónico, como la migraña o la fibromialgia, afectan más a mujeres que a hombres? Pues bien, parece que hay diferencias entre género que facilitan el dolor a la mujer, pero no se ha podido demostrar que esto sea debido a factores hormonales o diferencias fisiológicas, sino más bien a roles sociales. Culturalmente, a la mujer se la ha atribuido un papel de “fragilidad”, adquiriendo un rol de “evitación” al daño.

Esto puede sonar machista, pero desgraciadamente siempre ha sido así. El sistema nervioso, como el inmune, aprende por exposición. Si no nos exponemos, no nos adaptamos ni aprendemos. Cuando nos exponemos a un virus la primera vez, el cuerpo reacciona de forma exagerada y nos afecta mucho. Sin embargo, el sistema inmune adquiere los anticuerpos del virus, de forma que la próxima vez que nos expongamos no nos afectará tanto.

A los niños se les educa con la idea de que tienen que jugar, golpearse, caerse en el barro y volverse a levantar… porque si no lo hacen son “débiles”. Mientras que a las niñas se les hace creer que son “princesitas” y no deben jugar con los niños porque son “muy brutos” o porque el fútbol o tirarse al barro es “cosa de chicos”.

Al no exponerse, no “recogen” información de cómo responder ante determinados estímulos, y su sistema nervioso se vuelve más temeroso y sensible a ellos. Este es uno de los principales motivos por los que problemas de dolor crónico afectan más a mujeres que a hombres. Quizás Disney tiene parte de culpa… ¿No crees?

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